Lección 02 · Economía, Emprendimiento y Actividad Empresarial · 1º Bachillerato
Quién se lleva qué: asignar en el mercado
Qué vas a aprender
La escasez obliga a decidir quién usa cada recurso. No hay una sola manera de hacerlo. Vas a comparar sistemas de asignación, a ver cómo un precio informa y empuja, y a seguir la oferta y la demanda hasta un equilibrio que no es, por sí solo, una sentencia moral. El ejemplo es una plaza de abastos, no un gráfico sacado de una estadística oficial.
Varias maneras de repartir lo escaso
Asignar es responder, una y otra vez, a las mismas preguntas: qué se produce, cómo y para quién. Las sociedades mezclan procedimientos, pero conviene separarlos para verlos. La costumbre reparte según lo que ya se hacía: el uso de un pasto, el oficio que «toca» en una familia, el turno heredado. La autoridad reparte por una orden: una cola organizada por norma, un cupo, un plan que dice cuántas unidades salen de cada taller. El mercado reparte mediante intercambios voluntarios en los que el precio resume mucha información dispersa. Casi ninguna economía real es pura. Una economía mixta usa precios y, además, normas, impuestos y producción pública.
Cada procedimiento tiene un coste de oportunidad, no solo una virtud de libro. La costumbre ahorra discusiones y puede proteger un saber, pero se queda corta cuando el mundo cambia y el uso viejo ya no es el que más falta hace. La orden puede mover recursos deprisa hacia lo que quien manda considera urgente, y puede ignorar lo que solo conoce quien está en el mostrador o en el campo. El mercado coordina a gente que no se pone de acuerdo en una reunión, y puede dejar fuera a quien no tiene renta para expresar su necesidad como demanda.
El precio como señal y como incentivo
En un mercado, el precio no es un adorno del producto. Es un mensaje comprimido. Si sube, dice a quien compra que ese bien se ha vuelto más escaso respecto del deseo de llevárselo, y que conviene usarlo con más cuidado o buscar un sustituto. A quien produce le dice que entregar una unidad más compensa mejor el esfuerzo, si los costes no han subido en la misma medida. Si baja, el mensaje cambia de signo: sobra respecto de lo que la gente está dispuesta a pagar, y producir lo mismo que ayer ata recursos que tendrían otro uso.
Eso es un incentivo: una consecuencia esperable que empuja una conducta. No hace falta suponer que todo el mundo calcula como una máquina. Basta con que, en general, la gente responda cuando algo se encarece o se abarata. Un incentivo puede ser el margen de un puesto, una multa, una beca o el tiempo que se pierde en una cola. Si la norma dice una cosa y el incentivo empuja la contraria, no te sorprendas de que la conducta se parezca más al incentivo.
Oferta, demanda y un equilibrio que se mueve
La demanda, en este curso, es la relación entre el precio y las cantidades que quienes compran están dispuestos a adquirir. No es un deseo suelto: hace falta querer el bien y poder pagar. Casi siempre, a mayor precio, menor cantidad demandada, porque el coste de oportunidad de llevárselo crece. La oferta es la relación entre el precio y las cantidades que quienes venden están dispuestos a entregar. A mayor precio, suele ofrecerse más, porque compensa movilizar recursos que tenían otro uso.
El equilibrio de este modelo es el precio en el que la cantidad que se quiere comprar coincide con la que se quiere vender. No es un precio «justo» por decreto del gráfico. Es un punto de reposo provisional. Si el precio está por encima, queda género sin vender y la presión es a la baja. Si está por debajo, hay más gente dispuesta a comprar que unidades a la venta, y aparece una cola, un agotado o una presión al alza. Un desplazamiento no es lo mismo que un movimiento a lo largo de la curva: si cambia la renta, el gusto o el coste de producir, la curva entera se mueve y el equilibrio antiguo deja de servir.
La plaza de abastos, en un ejemplo
Ejemplo
Piensa en la plaza de abastos de una ciudad de Castilla y León que no vas a encontrar en el mapa: Valdehumo. Una helada estropea parte de la judía verde de los huertos que abastecen los puestos. En este ejemplo de clase, el kilo que el sábado anterior se ofrecía a 2 euros pasa a ofrecerse a 3,50. Quien compra lleva menos judía o se pasa a la lenteja seca, que no ha sufrido la helada. Quien tiene género en buen estado lo coloca antes y, si el precio se sostiene, la semana siguiente acude más gente con judía de otro pago. Nadie ha convocado una asamblea para calcular el cupo de cada familia. El precio ha hecho de señal y de incentivo.
El ejemplo también muestra el límite. Quien no puede pagar 3,50 euros no «vota» en ese mercado, aunque necesite la verdura. La plaza no pregunta si la renta de partida era razonable. Coordina el intercambio entre quien llega con dinero y quien llega con género. Decir que el mercado asigna no es decir que el resultado merezca aplauso. Es decir que, dentro de sus reglas, el precio mueve decisiones de compra y de venta sin que una sola oficina conozca el plato de cada casa.
Escribe en esta lección
Dos decisiones después de un precio
Inventa un puesto de una plaza de abastos, deja claro que es un ejemplo y sitúalo en una ciudad de Castilla y León sin usar un nombre real si no quieres. Cambia un precio con cifras marcadas como ejemplo de clase. Explica, en unas 150 palabras, qué haría quien compra y qué haría quien vende, y qué información lleva ese precio. No presentes las cifras como datos de un mercado real.