Lección 15 · Economía · 1º Bachillerato

El mercado cuenta, y a veces deja fuera a alguien

Castilla y León · Decreto 40/2022 · externalidades, bienes públicos, información y poder de mercado

Qué vas a aprender

El precio coordina a quien vende y a quien compra cuando los dos sienten, en su propia decisión, los costes y los beneficios de lo que intercambian. Un fallo de mercado aparece cuando esa condición se rompe y el resultado voluntario deja de ser eficiente, o cuando ni siquiera hay un intercambio posible aunque la gente valore el bien. Verás cuatro familias: externalidades, bienes públicos, información asimétrica y poder de mercado. Después, la intervención que intenta corregirlas y el límite de esa intervención. El relato de un taller imaginario en una villa de Castilla y León usa cifras de ejemplo de clase, no mediciones de ningún polígono real.

Externalidades: un tercero que no ha pactado

Hay una externalidad cuando la producción o el consumo imponen a un tercero un coste o un beneficio que no entra en el precio. El tercero no ha firmado el contrato y, por eso, quien decide no tiene en cuenta todo el efecto. Si el efecto es un daño, la externalidad es negativa. Si es un beneficio que no se cobra, es positiva. El mercado, dejado a su intercambio, produce de más cuando ignora un daño y de menos cuando ignora un beneficio. No porque las personas sean malas, sino porque la señal que guía la cantidad, el precio, está incompleta.

Una externalidad negativa clásica es la contaminación. Quien barniza, quema o conduce paga sus materiales y su tiempo, y no paga entero el aire que respira el de al lado. La cantidad que iguala su coste privado con lo que el cliente paga es mayor que la cantidad que igualaría el coste de todos, privado más ajeno. Una externalidad positiva aparece, por ejemplo, cuando un apicultor poliniza los frutales del vecino sin cobrar esa polinización, o cuando vacunarse reduce el contagio de quienes no han pagado la vacuna. Quien decide compara su beneficio privado con su coste y se queda corto respecto de lo que convendría al conjunto.

No todo efecto sobre otros es externalidad. Si un comercio nuevo quita clientes a otro y los precios recogen esa rivalidad, hay competencia, no un fallo por ese solo hecho. La pista es si existe un efecto real que el precio no obliga a mirar. El ruido de una terraza a las dos de la madrugada puede serlo. La pérdida de ventas de la terraza de enfrente, si los clientes simplemente eligen, no lo es por sí misma. Confundir las dos cosas lleva a llamar fallo a cualquier disgusto.

Bienes públicos: no rival y no excluible

Un bien privado ordinario se gasta al usarlo y se puede reservar a quien paga. Un bien público, en el sentido técnico de esta lección, cumple dos rasgos a la vez. No es rival: que yo lo use no impide que tú lo uses. Y no es excluible: es muy caro, o imposible, impedir el uso a quien no paga. El alumbrado de una calle estrecha en un pueblo sirve de ejemplo de razonamiento. La luz que aprovecha un vecino sigue ahí para el siguiente, y apagarla solo para quien no ha cotizado es poco practicable.

De esos dos rasgos sale el problema del polizón. Si nadie puede ser excluido, cada cual espera que paguen los demás y el bien se produce de menos, o no se produce, aunque todos lo valoren por encima de su coste. El mercado, que vive de cobrar a quien entra, se queda sin palanca. Por eso muchos bienes públicos se financian con impuestos y se deciden en común, no porque el Estado sea un productor mágico, sino porque la exclusión no funciona como caja.

Conviene no llamar público a todo lo que es importante. El pan es vital y es rival y excluible: el trozo que como no lo comes tú, y la tahona puede no dármelo si no pago. Un parque puede estar a medio camino: hasta cierta hora no hay rivalidad y excluir es difícil; en una fiesta masiva aparece la congestión y el bien se parece más a uno privado compartido. El nombre técnico depende de los dos rasgos, no del afecto que le tengamos. Tampoco es lo mismo un bien público que un servicio producido por la administración. Una entrada de piscina municipal puede cobrarse y agotarse. Sigue siendo, en el uso, más privada que el farol.

Información asimétrica

Hay información asimétrica cuando una de las dos partes del intercambio sabe algo relevante que la otra no puede ver a simple vista. El precio entonces deja de resumir la calidad, porque quien paga no distingue lo bueno de lo malo. El resultado puede ser que solo se ofrezca lo malo, o que un contrato prudente no se firme aunque convendría a los dos si se vieran las cartas.

En el mercado de coches usados, quien vende conoce los ruidos del motor y quien compra, no. Si el comprador ofrece un precio medio, el dueño del coche mejor cuidado se retira: su coche vale más que esa media. Quedan en el escaparate los peores, la media baja, y el mercado se encoge. Se llama a esa selección adversa: la oferta que sobrevive es la que la ignorancia no ha sabido filtrar. No hace falta un porcentaje oficial para entender el mecanismo. Basta ver que el precio único, sin señal de calidad, castiga a quien cuida.

El riesgo moral aparece después del contrato. Quien ya está asegurado puede cuidar menos el candado, porque parte del coste del descuido cae en la aseguradora. Quien no observa ese cuidado no puede poner el precio fino. Las garantías, las revisiones, las franquicias, los títulos y la reputación son respuestas de mercado a la asimetría. A veces bastan. A veces no, y entonces se discute una regla común: la inspección obligatoria, la información que hay que mostrar antes de firmar, la prohibición de un engaño concreto. La regla no crea la información de la nada. Obliga a enseñarla o penaliza esconderla.

Poder de mercado

En la competencia que sirve de referencia, nadie pone el precio a solas: lo toma. Hay poder de mercado cuando quien vende, o quien compra, puede alterar el precio a su favor porque la otra parte tiene pocas salidas. El caso límite de venta es un solo oferente de un bien sin sustitutos cercanos. Produce menos cantidad que la competencia y cobra más. Parte de lo que los compradores estarían dispuestos a pagar por unidades adicionales no se produce, porque al monopolista le conviene la escasez relativa. Esa cantidad no producida, valorada por encima de su coste, es la ineficiencia. El beneficio extra del monopolista, por sí solo, es una transferencia; la ineficiencia es lo que se deja de hacer.

El poder no exige un villano. Puede nacer de una red que no se duplica bien, de una patente, de un pueblo donde la demanda no da para dos farmacias, o de un acuerdo entre varios que actúan como uno. También hay poder de compra: una única empresa en una comarca puede pagar menos por un insumo o por una hora de trabajo si quien vende ese insumo no tiene otro cliente. La lección de los tipos de mercado ya separó las formas. Aquí importa el fallo: el precio deja de ser un dato y la cantidad se tuerce respecto de la que igualaría el coste con lo que la gente está dispuesta a pagar.

Ejemplo de clase: el taller y el farol

Ejemplo de clase

En una villa imaginaria de Castilla y León hay un taller de muebles. Barniza en un patio. Cada mes, en este ejemplo de clase, vende 40 muebles a 200 euros, y el coste que el taller sí siente es 120 euros por mueble. El olor y el disolvente molestan a las diez viviendas del callejón. Supongamos, solo para razonar, que ese daño se valora en 30 euros por mueble si se reúne a los vecinos. El taller no ve esos 30. Compara 200 con 120 y produce los 40.
120 + 30 = 150
Si viera el coste de todos, 150, seguiría produciendo, pero dejaría de aceptar encargos cuyo cliente solo paga 140: esos encargos cubren el coste privado y no el coste social. La externalidad no dice «cerrar el taller». Dice que la cantidad guiada solo por el coste privado es demasiado grande.

En la misma villa, el alumbrado del callejón cuesta 1.000 euros al año, ejemplo de clase, y cada una de las diez casas lo valora en 150.
10 × 150 = 1.500
1.500 es más que 1.000, así que conviene tener luz. Pero si el pago es voluntario, a cada casa le interesa decir que la valora en cero y caminar igual bajo la farola que paguen las otras. Ese es el polizón. El bien es no rival, dentro de lo que ilumina una bombilla, y no excluible. La cuenta del pueblo cierra; la cuenta de cada cual, por separado, no.

Un vecino, además, quiere vender su furgoneta. Él sabe que el embrague patina. El comprador no. Si el anuncio no puede distinguirse del de una furgoneta cuidada, el precio se parece al de la media y el vehículo bueno de otro vecino ni siquiera se ofrece. Tres fallos distintos en una sola calle, más uno posible: si el taller es el único barnizador a treinta kilómetros y no hay sustituto, también pone el precio. Corregir el humo no le quita, por sí solo, ese poder, ni al revés.

El precio del taller no incluye al vecino Tres cajas: cliente, taller y viviendas. Entre cliente y taller hay un precio de 200 euros de ejemplo. Del taller a las viviendas sale una flecha de daño, 30 euros por mueble, que no vuelve al precio. EXTERNALIDAD: EL TERCERO NO ENTRA EN EL PRECIO Cliente Taller Viviendas no han pactado 200 € de ejemplo daño Coste que el taller siente: 120 €. Daño supuesto de aula: 30 € por mueble. El precio iguala a cliente y taller. No iguala el coste de todos. Cifras de ejemplo de clase, no una medición de un taller real.
La flecha hacia las viviendas es el coste que no vuelve al precio. Por eso la cantidad del acuerdo privado puede ser demasiado grande.

Intervenir, y saber parar

Corregir un fallo es cambiar la señal o la regla, no sustituir por deporte cualquier intercambio. Ante una externalidad negativa se puede cobrar un impuesto que se parezca al daño, limitar la cantidad, definir quién tiene derecho al aire limpio y dejar que las partes negocien si son pocas y pueden hablar, o regular la técnica. Ante una positiva, se puede subvencionar o producir en común. Ante un bien público, financiarlo con impuestos y producirlo o contratarlo. Ante la asimetría, obligar a informar, inspeccionar o prohibir el engaño. Ante el poder de mercado, vigilar acuerdos, abrir el acceso a una red o, en casos contados, regular el precio de quien no tiene competidor. Cada herramienta casa con un fallo. Usar la de otro fallo es ruido.

El límite es que quien interviene tampoco lo ve todo. Estimar el daño del barniz en 30 euros era una hipótesis de aula; en la calle, ese número se discute, se exagera o se minimiza según quién hable. Un impuesto mal calibrado puede dejar el taller en una cantidad peor que la de partida. La intervención cuesta: inspectores, pleitos, tiempo de quien cumple papeles. Quien regula puede acabar oyendo más al taller, que se organiza, que a las diez casas, que no. Y un monopolio público mal vigilado reproduce el poder de mercado con otro dueño. Llamar a eso «ya no es mercado» no lo vuelve eficiente.

Por eso la intervención se juzga con el mismo método que el fallo. ¿Qué efecto no estaba en el precio? ¿La herramienta lo mete dentro, o solo cambia de bolsillo el dinero? ¿Qué información haría falta para no pasarse? ¿Quién paga el coste de intervenir? Si esas preguntas no tienen respuesta, la prudencia es una herramienta más pequeña, no una frase más grande. El fallo de mercado justifica mirar la intervención. No firma un cheque en blanco a cualquier intervención que use su nombre.

Errores de lectura

El primero es llamar fallo a todo resultado que nos disgusta, incluida una competencia que perjudica a un vendedor concreto. El segundo es tratar como bien público cualquier servicio deseable: sin no rivalidad y no exclusión, el diagnóstico está mal y la receta también. El tercero es creer que información asimétrica significa simplemente «hay publicidad». Hay asimetría cuando un dato decisivo está en un solo lado y cambia el contrato. El cuarto es medir el poder de mercado solo por el beneficio: el fallo de eficiencia es la cantidad que no se produce. El quinto es saltar del fallo a «que lo haga el Estado» sin preguntar si el Estado tiene la información, el incentivo y un coste de intervenir menor que el daño. El sexto, el simétrico, es saltar del límite de la intervención a «entonces el daño no existe». Que sea difícil cobrar los 30 euros del ejemplo no los convierte en cero.

1. El taller del ejemplo vende muebles y el disolvente molesta a las viviendas, que no han pactado. ¿Qué es eso?

Porqué. La b cumple la definición: daño a quien no es parte del precio. La a confunde «afecta a varios» con no rivalidad y no exclusión; el olor es un mal, no un bien público. La c usa el número de casas para diagnosticar poder de mercado, que en el texto es otra cosa: la capacidad de alterar el precio por falta de salidas. La d habla de un saber técnico del oficio, no de un dato oculto que deforme este contrato.

2. El alumbrado cuesta 1.000 euros al año y las diez casas lo valoran en 150 cada una, pero cada cual espera que paguen las otras. ¿Qué fallo describe el ejemplo de clase?

Porqué. La c une los dos rasgos del bien público con la conducta de no pagar y con la cuenta del ejemplo: 10 × 150 = 1.500, por encima de 1.000, y aun así el pago voluntario falla. La a traslada el mecanismo de los coches usados. La b atribuye la luz al taller, que en el relato produce olor, no alumbrado. La d habla de una sola empresa productora; aquí el problema es cobrar, no cuántas empresas fabrican bombillas.

3. Quien vende la furgoneta sabe que el embrague patina y el comprador no. Si el precio se queda en una media, ¿qué ocurre en el argumento de la lección?

Porqué. La a es el mecanismo: el precio medio expulsa la calidad alta no observable. La b reserva el nombre de riesgo moral al descuido posterior al contrato, como el candado una vez asegurado. La c usa un rasgo suelto de la información para cambiar de fallo; el problema aquí es la asimetría en un bien rival, la furgoneta. La d invierte el poder: ignorar no da capacidad de fijar el precio, la quita.

4. ¿Cuál es el límite de la intervención que la lección no deja borrar?

Porqué. La d recoge información incompleta, coste de la propia medida y captura. La a trata el impuesto como acierto automático, y el texto dice que uno mal calibrado puede empeorar la cantidad. La b afirma lo contrario de la lección: la administración no ve el daño de 30 euros mejor solo por ser administración. La c borra un coste real de la intervención y, al borrarlo, impide compararlo con el daño.

Escribe en esta lección

Un fallo en tu entorno

Describe una situación de tu barrio, tu instituto o un pueblo que conozcas, sin nombrarla como si tuvieras una estadística. Diagnostica un solo fallo: externalidad, bien público, información asimétrica o poder de mercado. Explica qué efecto no entra en el precio. Propón una intervención concreta y, en el mismo párrafo, un límite de esa intervención: qué información faltaría o qué coste nuevo aparecería. Si usas cifras, márcalas como ejemplo de clase.

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