Lección 14 · Economía · 1º Bachillerato
Decidir es comparar, no solo sumar facturas
Qué vas a aprender
Una decisión pública o privada deja de ser un gusto cuando se escriben, en el mismo folio, lo que se gana y lo que se pierde. El análisis coste-beneficio ordena esa comparación. No se queda en el dinero que sale de una cuenta. Incluye costes que no tienen factura, beneficios que no tienen cobro y una regla de sentido común que esta lección no convierte en fórmula: un euro disponible hoy pesa más que un euro que llegará dentro de diez años. Verás el método con un carril bici imaginado en una ciudad de Castilla y León. Todas las cifras de ese relato son un ejemplo de clase. No son el presupuesto de ninguna obra real ni el valor oficial del tiempo de nadie.
Qué entra en cada lado de la balanza
El coste de una acción es todo aquello a lo que se renuncia por hacerla. Parte de ese coste es monetario: materiales, salarios de quien construye, mantenimiento, el alquiler que se deja de cobrar. Otra parte no lo es, y olvidarla sesga la cuenta a favor del proyecto. El beneficio es el conjunto de mejoras que la acción procura a quien decide y a terceros, otra vez con dinero y sin él. Comparar no es preguntar si la obra «cae bien». Es preguntar si lo que se obtiene compensa lo que se sacrifica, dicho con la mayor honradez posible sobre lo que no se sabe medir.
El orden del método, en este curso, es corto. Primero se nombra la alternativa: hacer el proyecto o no hacerlo, o hacerlo de un modo y no de otro. Segundo se listan costes y beneficios, monetarios y no monetarios, sin tirar a la papelera lo que no cabe en un euro. Tercero se sitúa cada efecto en el tiempo: este año, el que viene, dentro de una década. Cuarto se resiste la tentación de sumar euros de años distintos como si fueran la misma cosa. Quinto se escribe qué ha quedado fuera. Un análisis que esconde su lista de omisiones parece más exacto de lo que es.
Conviene separar quién paga de quién recibe. Una obra puede costarle poco al usuario y mucho al presupuesto, o al revés. Si solo se mira la caja de un lado, la decisión ya está trucada. También conviene separar un coste de un mero traslado. Si el carril ocupa una plaza de aparcamiento, el automovilista pierde tiempo buscando sitio y el ciclista gana seguridad. No son el mismo efecto con dos nombres. Son dos efectos, y los dos pertenecen a la lista, aunque uno nos guste más que el otro al redactarla.
Costes que no llevan precio en el ticket
Un coste no monetario es una renuncia real que no pasa por una caja. El tiempo es el más cotidiano. Una hora de cola, de desplazamiento o de obra delante de casa no imprime un recibo y aun así se pierde para trabajar, cuidar o descansar. El riesgo es otro: más probabilidad de un accidente, de una avería, de que la obra se retrase y el barrio aguante el polvo dos veranos en lugar de uno. El ruido, el aire peor durante las obras, la pérdida de un árbol o de un lugar de encuentro no siempre tienen un precio de mercado, y no por eso valen cero.
Ponerles un euro inventado «para que cuadre» no los vuelve más reales. Hay dos salidas honestas. Una es dejarlos en palabras, al lado de la cifra, y decir que la decisión depende también de ellos. Otra es valorarlos con una regla explícita de aula, sabiendo que la regla es una hipótesis y no una medición oficial. Las dos salidas son mejores que callar el coste. Callarlo equivale a anotarlo como cero, y cero es una cifra, solo que disfrazada de silencio.
El coste de oportunidad entra aquí aunque no haya un segundo presupuesto encima de la mesa. El dinero y el suelo usados en el carril no estarán disponibles para reparar una cubierta escolar, ampliar un centro de salud o devolver margen a quien paga impuestos. Decir «la obra se paga sola porque está presupuestada» es no haber hecho la pregunta. Presupuestar es reservar recursos. No demuestra que ese sea su mejor uso. La comparación mínima es con la siguiente alternativa creíble, no con el vacío.
Un euro hoy pesa más que uno dentro de diez años
Imagina, como ejemplo de clase, que alguien te ofrece cien euros ahora o cien euros dentro de diez años, con la promesa de que te los dará. No son equivalentes. El euro de hoy se puede usar mientras tanto: pagar un gasto que aprieta, formarse, o simplemente no pasar necesidad este mes. El euro de dentro de diez años llega, si llega, cuando esas posibilidades ya han pasado. Además el futuro es incierto. Quien promete puede no poder pagar, el proyecto puede no durar, y tú puedes no estar en la misma situación para disfrutarlo. Por si faltaba, los precios de las cosas cambian con los años, de modo que la misma cantidad de euros no compra necesariamente la misma cesta.
Por eso, al mirar un proyecto largo, no se suman a lo bruto los euros del año uno con los del año diez. Hacerlo trata como idénticos dos poderes de compra que no lo son y dos grados de certeza que no lo son. Esta lección no aplica ninguna fórmula de valor actual ni elige una tasa para «traer» el dinero futuro al presente. Se queda en la idea, que ya obliga a cambiar el lenguaje. Un beneficio lejano cuenta, pero cuenta menos que el mismo beneficio cobrado ahora. Un coste lejano también pesa menos que el mismo coste pagado hoy, y esa simetría importa: aplazar un coste no lo borra, pero tampoco es igual que pagarlo esta tarde.
El error gemelo es el contrario: despreciar todo lo que cae más allá de este curso político o de este curso escolar. Un carril que dura quince años no se juzga solo por las molestias del primer verano. La regla del tiempo corrige las dos prisas, la de quien suma sin mirar el calendario y la de quien solo mira el calendario de este año. Cuando más adelante estudies herramientas que convierten esa idea en un número, el número heredará los mismos cuidados: qué se ha dejado fuera, qué hipótesis se ha usado y quién gana en cada fecha. Sin esos cuidados, la herramienta solo da prisa matemática a un olvido.
Ejemplo de clase: un carril bici
Ejemplo de clase
Imaginamos un carril bici en una ciudad de Castilla y León. No es un proyecto aprobado ni un expediente de ningún ayuntamiento. Las cifras siguientes se han elegido para poder razonar en el aula, y se rompen si se las cita como dato real.
La obra cuesta 800.000 euros, pagados al construir. El mantenimiento es de 20.000 euros cada año. Suponemos, solo en este relato, que durante 200 días al año hay 400 desplazamientos en bici que antes se hacían en coche, y que cada uno ahorra 12 minutos. Si, como hipótesis de clase y no como valor oficial del tiempo, cada minuto ahorrado se anota a 10 céntimos:
400 × 200 = 80.000 desplazamientos
80.000 × 12 = 960.000 minutos
960.000 × 0,10 = 96.000 euros al año
En diez años, si se suman esos años sin tener en cuenta que un euro futuro pesa menos:
96.000 × 10 = 960.000 euros
20.000 × 10 = 200.000 de mantenimiento
800.000 + 200.000 = 1.000.000 euros
La resta ingenua:
960.000 − 1.000.000 = −40.000
Deja el proyecto 40.000 euros por debajo de cero si solo se mira el tiempo. Esa resta está mal usada como sentencia, por dos razones que ya hemos separado. Primera: trata el euro del año diez igual que el de hoy, y acabamos de decir que no lo es. Como los beneficios de tiempo llegan año a año y la obra se paga al principio, corregir el peso del tiempo empeoraría aún más esa resta monetaria, no la salvaría. Segunda: la lista monetaria está incompleta. No hemos restado en euros el estrés de quien pierde aparcamiento, ni sumado en euros menos ruido, menos humo en una calle estrecha, menos riesgo de atropello ni el posible alivio en consultas por sedentarismo. Esos efectos son reales y, en este ejemplo, se quedan en palabras a propósito.
La decisión, entonces, no sale de una única cifra. Sale de decir en voz alta: con estas hipótesis de aula, el tiempo ahorrado no cubre por sí solo la obra y el mantenimiento; el calendario juega en contra de los beneficios lejanos; y el voto de la salud, del ruido y del riesgo no está dentro del euro. Quien defienda el carril tendrá que argumentar esos efectos no monetarios, no esconderse detrás de una suma. Quien lo rechace tendrá que admitir que «no sale a cuenta» solo es verdad dentro de la lista que hemos monetizado. Las dos frases caben en un análisis serio. No caben como eslogan si se borran las hipótesis.
Para qué sirve y dónde se rompe
El análisis sirve para impedir dos gestos pobres: aprobar una obra porque su beneficio se ve y su coste está disperso, o rechazarla porque el coste está en el presupuesto y el beneficio está en minutos, en pulmones y en sustos que no ocurren. Al obligar a la lista, cambia la conversación. Un pleno, una familia o una cooperativa dejan de discutir «si nos gusta» y pasan a discutir qué falta en la lista y qué hipótesis es inaceptable.
Se rompe cuando la monetización ocupa todo el folio. Hay daños difíciles de compensar con una transferencia, sobre todo si recaen siempre en el mismo grupo, el que no tiene coche o el que vive en la calle de la obra. Se rompe también cuando las hipótesis se eligen para que el resultado ya deseado cuadre: un minuto a un euro o a un céntimo, según convenga. Y se rompe si se presenta el resultado como científico por llevar muchos ceros. En el ejemplo, 96.000 tiene cuatro ceros y sigue siendo una multiplicación de cuatro supuestos de aula. La precisión de la resta no hereda verdad a los supuestos.
Por último, coste-beneficio no sustituye a la legitimidad de quien decide. Una cifra, incluso completa, no vota. Dice qué se sacrifica, qué se obtiene y qué se ha dejado en palabras. La elección de sacrificar el aparcamiento para ganar silencio, o al revés, es normativa: depende de qué importe más. Esconder ese paso detrás del verbo «sale a cuenta» es hacer política con disfraz de aritmética. Mostrar el paso es hacer las dos cosas en su sitio.
Errores de lectura
El primero es contar solo la factura de la obra y llamar a eso coste total. El segundo es contar el beneficio de este año y olvidar los años siguientes, o sumar diez años como si el euro no cambiara de peso. El tercero es inventar un valor oficial del minuto, de la vida o del ruido: en esta lección, si hay un céntimo, es hipótesis de clase y se dice. El cuarto es creer que, como no usamos una fórmula de valor actual, ya podemos sumar fechas distintas. Precisamente porque no convertimos las fechas, nos negamos a esa suma como sentencia. El quinto es leer un desacuerdo sobre el carril como ignorancia aritmética. A menudo es un desacuerdo sobre qué efectos merecen entrar y sobre quién los sufre.
Escribe en esta lección
Tu propia balanza
Elige una decisión pequeña y concreta: un viaje de estudios, arreglar un parque o comprar un aparato para el instituto. Lista al menos tres costes y tres beneficios. Marca cuáles son monetarios y cuáles no. Sitúa dos de ellos en el tiempo, uno ahora y otro dentro de varios años, y explica en cuatro líneas por qué no los sumas como euros idénticos, sin usar ninguna fórmula. Cierra con lo que tu lista deja fuera. Si inventas cifras, escribe «ejemplo de clase» junto a ellas y no las presentes como datos oficiales.